CONFLICTO, TIERRA Y AMOR: UN MODELO DESDE LA ESCRITURA BÍBLICA

Por Rocío Delvalle Quevedo

En estos tiempos próximos a Yom Teruáh y al plebiscito sobre el acuerdo con las Farc, comparto una humilde opinión desde mi fe y un enfoque ambiental.

En estos tiempos un tema que ha cobrado marcada relevancia es a lo que se ha denominado “El Post-conflicto”, consistente en un escenario de una sociedad en paz y posterior al conflicto como resultado de un posible acuerdo entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC. Algunos sectores de la sociedad afirman que todos los colombianos quieren la paz del país, y posan firmemente sus esperanzas en que con dicha firma cesará “El Conflicto” en Colombia o ¿debería decir los conflictos? Sin embargo, otros sectores de la sociedad se muestran un tanto escépticos sobre esta postura, no porque estén en contra de la paz, sino porque reconocen que este término de “El Post-conflicto” tiene un matiz totalizante que haría pensar a quien lo lea de forma desapercibida, que el único conflicto que Colombia tiene es esta guerrilla, cuando en realidad una de las causas generadoras de escenarios de violencia en el país, hunde sus raíces mucho antes incluso que un grupo como dicha guerrilla tuviera su origen, esto es, en la lucha por la posesión y el acaparamiento de la tierra.

Y es que una historia de violencia durante tanto tiempo en el país, no puede ser simplificada en términos de un acuerdo entre dos actores, cuando en realidad es un fenómeno que tiene todas las complejidades que requerirían su análisis desde un pensamiento ambiental. Por que como iremos viendo, es un fenómeno que se desenvuelve en medio de diferentes ecosistemas en el territorio nacional, cuyos recursos son los que en realidad entran en disputa. Porque esa “tierra” no es simplemente un espacio que se puede entender en dos dimensiones en referencia a la cantidad de área que tiene uno u otro actor social, sino que es una referencia a todo un sistema de vida, que comienza en un compartimento llamado suelo, un teatro de la vida, sobre el cual no solo viven los humanos, sino que dentro y sobre él viven un sin número de especies de animales, plantas y otros tipos de organismos, y en el cual se dan toda clase de interacciones entre las diferentes especies y de estas con las condiciones del medio (procesos geológicos, climáticos, físicos y químicos), y que permiten la vida y supervivencia del ecosistema y del mismo ser humano (Cortés-Lombana, 2004).

A menudo esta visión profunda y más amplia es ignorada debido a que la humanidad se encuentra en el ecosistema con una carga cultural tremenda, que le implican una serie de complejidades adicionales. En términos de organización social, existen diferentes grupos actuando dentro de la sociedad, que se organizan y articulan con un objetivo común hacia el cual caminan. A su vez, la humanidad llega con una plataforma tecnológica que la lleva a ir más allá de los límites ecosistémicos buscando su propio beneficio, pero que también la lleva a pasar muchas veces por encima de los límites sociales. Y, por si fuera poco, éstos grupos humanos son guiados por una grandísima carga simbólica de ideologías y visiones de mundo, que los motivan y pueden llegar a determinar ese objetivo común que tiene como grupo social, a utilizar en una u otra forma la plataforma tecnológica sobre la que llegan y en últimas a definir lo bueno o lo malo, lo lícito o lo ilícito, si se considera que algo les pertenece o no y si tienen derecho o no sobre la vida de otros seres (Angle-Maya, 1993).

En consideración a lo anterior, llegar a una comprensión total, y más aún dar una solución totalizante, como si fuera de la noche a la mañana, a la situación de violencia en la que ha estado en el país, parece más bien pretensioso y un poco traído de los cabellos. No digo que la firma de un acuerdo de paz, no pueda ser una contribución en ese camino en búsqueda de otra realidad social para nuestra Nación. Lo que digo es que hay otras tantas aristas que tiene el problema, que deben ser consideradas, y reconocidas también como generadoras de conflicto y violencia. Yo no soy experta en estos temas, por lo tanto tampoco me considero idónea para establecer una postura académica frente a ellos. En las páginas que siguen tan solo pretendo dar mi opinión como una colombiana que siente a su país en su corazón, que profesa una fe firme en el Creador de todo lo que ve y que tiene en las Escrituras dadas al pueblo de Israel, como modelo a la humanidad, la base de su cosmovisión y de la manera en que entiende el mundo.

Durante un semestre me he acercado al tema de “Conflicto, Tierra, Territorio y Paz”, a través de textos escritos y presentaciones orales de personajes como Darío Fajardo, Absalón Machado, Manuel Sarmiento, Paula Álvarez, entre otros. Gracias a sus aportes he conocido varios hechos históricos y actuales del país que se han relacionado con formas de violencia, con confrontaciones entre grupos sociales y en los que lo que está en juego es la posesión de la tierra. Situaciones en las que los grandes terratenientes ávidos de aún más tierras, mediante diferentes estrategias desposeían y desplazaban a dueños de pequeñas propiedades, algunas veces con el uso de la violencia y otras auspiciados por la legislación vigente en su momento o por las autoridades eclesiales en vigencia. Contratos de aparcería en los que aparentaban la intensión de buena voluntad de los grandes hacendados por darle trabajo a los que no tenían tantas posibilidades, pero que en últimas resultaba en una estrategia para que los hacendados acapararan cada vez más tierra, casi que de forma ilegal, y en los que los aparceros al final terminan siendo unos desposeídos de tierra de todas formas (Fajardo, 2014).

El periodo de violencia entre liberales y conservadores que entre otras cosas disputaban por la defensa de dos modelos diferentes: los primeros defendiendo la pequeña y mediana propiedad de una clase media rural, mientras los segundos defendiendo la gran propiedad. Y en medio del enfrentamiento entre estos dos partidos políticos no faltaron el despojo de tierra, las agresiones y hasta las masacres. El levantamiento de guerrillas que se oponían a una serie de medidas tomadas desde el Estado en favorecimiento de las élites a las cuáles se les concedían tierras en perjuicio de otros campesinos con menos favorecimientos que eran despojados. Pero a la vuelta de los tiempos de una u otra forma estas guerrillas también se convirtieron en factores generadores de desplazamiento. El levantamiento de grupos paramilitares, que se mostraban como actores armados contrainsurgentes, pero que también mediante la violencia generaron numerosos desplazamientos y masacres, para apoderarse de grandes extensiones de tierra (Fajardo, 2014). Y en la actualidad todo un seguimiento a un conjunto de transnacionales y grandes empresas que a través de asociaciones con pequeños propietarios de tierra campesina, o mediante la creación de numerosas empresas ficticias, acaparan grandes extensiones de tierra ya no ni siquiera privada, sino tierras del Estado, generando un despojo indirecto de tierras para estos campesinos con los que se asocian (pues al final los que deciden qué hacer con la tierra son las grandes empresas y no el campesino) o de las familias que serían beneficiados con la restitución de esas tierras que ahora están en manos de las grandes empresas (Álvarez-Roa, 2015).

En estos ejemplos, hay diferentes momentos históricos, diferentes actores, diferentes sitios geográficos, diferentes ecosistemas, pero se ve una misma y triste realidad un grupo de personas que busca adquirir una tierra (porque no tiene o porque ambiciona aún más) despojando a otro grupo de personas de su lugar, de su hábitat, de su espacio vital. Además del grupo social correspondiente según el caso, uno de los principales perjudicados en este patrón que por años ha predominado en el país, es el conjunto de ecosistemas que en él se encuentran. Porque mientras estamos enredados en enfrentarnos los unos contra los otros sobre quién es el dueño o debe ser el dueño de un pedazo de “tierra”, no hemos tomado el tiempo para pensar en conjunto como Nación en el ecosistema que nos sostiene, en cómo funciona y de acuerdo a esto como deberíamos nosotros funcionar. Porque la lucha por la tierra no es un asunto solo de titulación sino de apropiación también de los beneficios y recursos que hay en ella. Y el problema es que en ese proceso de quitar la tierra unos a otros, todos agotamos de forma incontrolada y alteramos el funcionamiento sano de los ecosistemas. Ejemplo de esto es la continua expansión de la frontera agrícola que se ha dado en el país, como resultado de que muchos grupos sociales que han sido desplazados de sus territorios originales, buscan alternativas de supervivencia en tierras no colonizadas aún, que en general eran ecosistemas no intervenidos, y de esa manera, tras el asentamiento de estos grupos humanos, los nuevos desplazados serían los otros seres no humanos habitantes de ese ecosistema en el que irrumpían los grupos humanos.

Ante un panorama como el que revisamos en este momento, se podría tener la tendencia a asumir una postura de identificar quién es el malo y quién es el bueno, pues muchos tratan de identificar las motivaciones que tenían unos para “atacar” y otros para “resistir”. Sin embargo, desde mi postura de fe, me resisto a seguir dicha tendencia y definir quién es bueno y quien es malo. Porque según lo que yo creo, el único que tiene derecho a hacer juicio sobre nosotros, sobre la humanidad, es el Altísimo. Y porque entiendo que si bien hay algunas acciones que sí pueden ser buenas o malas, realmente nadie sino Él puede llegar a conocer las verdaderas intenciones del corazón y realmente como cada ser humano actúa, qué hace y que no hace. Hay factores en todos estos casos históricos que desconocemos, la historia siempre es contada por alguien que puede tener uno u otro sesgo, y tal vez nunca vamos a llegar a conocer todos los elementos necesarios para hacer un juicio completamente satisfactorio. En este orden de ideas todos somos seres humanos y creo que los diferentes actores y grupos de actores han cometido errores, en su interior hay tanto “buenos” como “malos”. Por tanto no soy quien para decir quien debe quedarse con la tierra y quién no. Y aunque me pareciera la solución más práctica que todo se quedara tal y como está en este instante y que a nadie se le volviera a quitar lo que tiene en este momento, eso también sería injusto, porque hay en este momento quien no tiene nada y hay quienes tienen de más.

Considero que el problema realmente radica en el corazón de cada ser humano. Porque las posibles soluciones en cuanto a legislación, al aspecto judicial, al cambio de una u otra forma de gobierno, de uno u otro modelo económico, surgen del corazón de los dirigentes y los dirigidos. De reconocer que existe un creador de este planeta en el que vivimos y que como tal sabe mejor que nosotros cómo funcionan los ecosistemas, y cómo funcionamos nosotros como seres sociales. Y que nos dejó un manual con una instrucción superior a cualquier otra, el amor.

Amor al prójimo, amor al resto de la creación. Un amor que se traduce en no pensar el mal contra mi más próximo y ni aún contra mi más lejano. Amor que invita a no mentir, a no robar, a no matar, a no desear los bienes de mi prójimo [Éxodo 20]. Ahí está muy claro, si la ambición de algunos no los hubiera llevado a desear cada vez más tierra, a desear la casa del otro, el sitio donde vive, la tierra del otro, no hubieran llegado a mentir (como lo hacen los que crean empresas falsas por ejemplo) para conseguir su objetivo, ni mucho menos a decidir sobre la vida de otro ser (todas las terribles masacres que relata la historia), para al final robar, porque así le llama cuando se toma algo que no le pertenece.

Cuando Adán y Eva estaban en el jardín del Edén ese era su lugar, donde recibían la provisión de Di-s a través del ecosistema, donde estaban en armonía con las otras especies, pero desde el momento de la caída, por sus propios errores, fueron desterrados, y de ahí en adelante creo que de una u otra forma todos los seres humanos inconscientemente recibimos esa herencia de estar buscando el resto de nuestras vidas ese Paraíso perdido. Sin embargo, hay una palabra especial que se encuentra en [Jeremías 29:5-7], en la cual dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad”. Según esto, más allá de estar o no estar en la tierra que era originalmente nuestra (por cuanto estas palabras se le dicen al pueblo de Israel que estaba exiliado de su tierra), el asunto es amar al prójimo y amar a la creación y de esta manera sea donde sea que estemos vamos a procurar el bien de esa tierra en la que nos encontremos. Lo cual se traduciría en una vida armónica en la medida de lo posible con el ecosistema y con el prójimo.

En la Escritura bíblica se encuentra un ejemplo muy interesante de manejo de la propiedad, según ciclos de siete años y de 50 años, en lo que se conoce como el año de remisión (Shemitá por su transliteración en hebreo) y el año del jubileo (Yovel por su transliteración en hebreo) respectivamente. Y lo que me parece interesante es que dentro de este modelo cabía la posibilidad de que hubiese personas que les iba mejor económicamente que a otras; a veces sí, tenían que venderse como esclavos incluso, y había transacciones de la tierra entre unos y otros. Sin embargo, había unas regulaciones según las cuales al que le estaba yendo mejor económicamente compartía gozosamente con el que no le había ido también, con la viuda y con los huérfanos. Unas regulaciones que protegían la integridad del que por un tiempo tenía que trabajar para otro mientras salía adelante. Que evitaban que unos se aprovecharan de otros, y se hicieran daño, porque eran regulaciones basadas en el amor. Que después de cierto tiempo todas las propiedades volvían a sus dueños originales sin ningún tipo de prebenda [Levítico 25:10]. Porque era un modelo de sociedad que reconocía que la tierra no le pertenece a ningún ser humano, que sea dueño de esta a perpetuidad y pueda hacer lo que quiera con ella, sino que el único dueño de la tierra es el Altísimo y que Él nos puso en este mundo, siendo la tierra un don preciado para nosotros [Levítico 25:26]. Un modelo en el que los cultivos eran fuente de provisión para todos, en los que aún los pobres, huérfanos y viudas, que carecían de recursos podían entrar y saciar sus necesidades básicas, claro está sin abusar y tomar más de lo que necesitaban [Levítico 23:22; Deuteronomio 23:24-25], contrario a un modelo de enriquecimiento egoísta, que deja sin comida a su propio pueblo por el ansia de poder y de dinero. Y en medio de este modelo de amor de unos por los otros, y de orden social, había incluso la posibilidad de dejar descansar a la tierra cada siete años (una muestra de amor), para que se recuperara, para que tomara un respiro, visto de otra manera para que restaurara sus funciones ecosistémicas y se regenerara [Levítico 25].

Entiendo que los tiempos y los espacios son diferentes, que ya hemos cometido muchos errores y pensar en una solución para la violencia y aún para los problemas ambientales del país parece tan lejana e imposible. Pero mi apuesta es por creer que cada uno de nosotros en un clic de su vida, pueda dejar entrar en su corazón el amor del Creador, y que este amor empiece a su vez a brotar hacia los demás, y podamos vivir todos bajo la instrucción del amor, un amor que es paciente,  bondadoso, no es envidioso, ni jactancioso, ni orgulloso, que no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor, no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad, un amor que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta [1 corintios 13:4-7], que se extienda incluso al amor por el resto de la creación, y tal vez si todos tuviéramos este cambio en el corazón realmente llegaría a cambiar la sociedad y salir de esta crisis ambiental en la que estamos.

Referencias
Álvarez-Roa, P. (2015). El acaparamiento, extranjerización de tierras y el modelo agroindustrial de la Orinoquia. Revista Semillas.
Angel-Maya, A. (1993). La trama de la vida: Bases ecológicas del pensamiento ambiental. Bogotá: Dirección General de Capacitación – Ministerio de Educación Nacional Colombia – Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) – Universidad Nacional de Colombia.
Cortés-Lombana, A. (2004). Suelos Colombianos: Una mirada desde la academia. Bogotá: Universidad Jorge Tadeo Lozano.
Fajardo, D. (2014). Estudio sobre los orígenes del conflicto social armado, razones de su persistencia y sus efectos más profundos en la sociedad colombiana. Bogotá: Universidad Externado de Colombia – Comisión Histórica del conflicto y sus víctimas.

***


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Soy Bióloga de la Universidad Nacional de Colombia y creyente en el Mesías Yeshúa desde la cuna. En la actualidad estoy cursando una maestría en Medio Ambiente y Desarrollo también en la Universidad Nacional. El estudio de la Creación del Altísimo ha sido mi pasión, y me deleito en ampliar mi comprensión del texto bíblico desde el conocimiento de las Ciencias Ambientales.

2 Comments

  1. Generalmente adicional a los problemas que dislumbra el artículo, otro problema está en la pérdida de credibilidad de las instituciones , y en ella representada la Justicia donde la impunidad es total gracias también a Congresistas y Senadores corruptos y que legislan de acuerdo a intereses obscuros.
    Donde la forma de hacer Justicia en el fondo se traduce en una dilatación del problema que termina favoreciendo al criminal de turno.

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