Behar: Por la defensa de nuestro suelo

Por Rocío Delvalle Quevedo

En el monte Sinaí el Señor le ordenó a Moisés que les dijera a los israelitas: «Cuando ustedes hayan entrado en la tierra que les voy a dar, la tierra misma deberá observar un año de reposo en honor al Señor. Durante seis años sembrarás tus campos, podarás tus viñas y cosecharás sus productos; pero llegado el séptimo año la tierra gozará de un año de reposo en honor al Señor. No sembrarás tus campos ni podarás tus viñas; no segarás lo que haya brotado por sí mismo ni vendimiarás las uvas de tus viñas no cultivadas. La tierra gozará de un año completo de reposo.  [Vayikrá/Levítico 25:1-5].

En este pasaje se está hablando de lo que se ha venido a conocer como Shemitá o el año sabático que se le debe dar a la tierra.  Es mucho lo que se puede decir sobre este tema desde las diferentes perspectivas, dada su relevancia en términos proféticos.  Sin embargo, en esta ocasión me quiero centrar en un concepto fundamental y que usualmente pasamos por alto, El Suelo.

En la actualidad muchos de nosotros nacimos y hemos crecido en las ciudades. Zonas recubiertas de concreto, con enormes rascacielos, y recorridas abundantemente por transporte terrestre que esperamos nos lleve lo más rápida y cómodamente posible a las mayores distancias.  Vivimos en casas o apartamentos en los que el agua fluye mágicamente desde un fantástico grifo metálico, y en el que las frutas, verduras y proteínas, en el mejor de los casos,  o infinidad de productos procesados en un escenario más lamentable, llenan asombrosamente a nuestras neveras y alacenas.  Y en el que nuestros closets se surten abundantemente de toda clase de ropa y zapatos. Todo esto por supuesto viene del centro comercial, ¿de dónde más si no de ahí, es que acaso viene de otro lado? En este contexto, el suelo llega considerarse solo como algo sucio, una superficie llena de mugre y polución, de la que nada bueno puede venir, sino solo es una superficie que está para ser recubierta de concreto y sobre la cual edificar construcciones cada vez más altas.

Pero la realidad es otra, ha pasado tanto tiempo, que nuestro mundo no solo es más corrupto por estar más lejano de la entrega de la Torá, y de la época previa a la caída del ser humano, sino que además ha puesto tantos intermediarios entre el suelo y él, que se ha olvidado por completo de lo que realmente significa.  Si nos remontamos al momento de la creación del ser humano recordaremos que “El Altísimo formó al hombre del polvo de la tierra…” [Bereshit/Génesis 2:7], traducido a  un lenguaje más técnico y moderno, nosotros mismos, el ser humano, somos suelo, el ETERNO lo usó como materia prima para darnos origen.  En otra época cuando no sabía nada de biología, ni de estudios ambientales, me hacía la pregunta de por qué tomar algo tan inerte y muerto como el barro, para hacer seres “tan fantásticos y vivos como nosotros”.  Pero en la medida en que he venido a saber lo que es el suelo, me doy cuenta de cuan alejada de la realidad estaba.

El suelo está mucho más vivo de lo que nosotros pensamos.  Según (Hillel, 1998) el suelo es un cuerpo natural involucrado en interacciones dinámicas con la atmósfera que está por encima y con los estratos que están debajo, que influye el clima y el ciclo hidrológico del planeta y que sirve como medio de crecimiento para una variada comunidad de organismos vivos.  Además él juega un papel ambiental preponderante como reactor bio-físico-químico que descompone materiales y recicla dentro de él nutrientes para la regeneración continua de la vida en la Tierra.  Es por eso que algunas corrientes más recientes consideran que el suelo es una interfaz viviente (León, 2007; Singer, 2007).

Se puede decir con toda razón que el suelo es la base de la vida.  Si consideramos una visión ecosistémica compleja y un poco antropocentrista (centrada en el ser humano), las necesidades energéticas que tenemos los seres humanos no serían suplidas si el suelo no existiera. Todos los frutos, verduras y cereales que consumimos a diario, aunque nos lleguen empacados en cajas de cartón, tienen su origen en el suelo.  Y aún los animales de los que provienen nuestras fuentes proteínicas como el pollo y la carne de res, requieren de pastos o granos que deben ser extraídos del suelo también. Y si dijéramos orgullosamente “no solo de pan vive el hombre”, aún mucho de lo que usamos para vestirnos requiere del suelo. El lino y el algodón, son fibras vegetales, que salen de una planta que está en pie gracias al suelo.  Y aún la lana, que viene de las ovejas, requiere indirectamente del suelo para alimentar y sostener los rebaños.  Y si fuéramos al caso que más me incomoda, en el que nos vestimos con derivados del petróleo (poliéster y todo lo plástico), no podemos olvidar que muchas hectáreas de suelo probablemente fueron sacrificados, y con ello la seguridad alimentaria de parte de la humanidad, para que pudiéramos lucir las prendas con las que hoy modelamos.

En este punto es importante resaltar que buena parte de los beneficios que el suelo nos da, que traté de reflejar en el párrafo anterior, derivan de procesos agrícolas.  Según León (2007), la producción agrícola constituye la primera interrupción significativa de los ciclos ecosistémicos en beneficio de una especie y por lo tanto, desde su inicio hace más de 10.000 años, ha generado sin cesar efectos ambientales de magnitud variable en función del grado de desarrollo de las diferentes culturas.  Esto se traduce en que los ecosistemas naturales suelen tener en sus áreas diversidad de especies tanto animales como vegetales, así como otro sin número de especies de otros reinos que interactúan aún dentro del suelo y que cuando convertimos un terreno “adecuado” para la agricultura generamos unos cambios que afectan el funcionamiento natural.

Si leemos con cuidado [Bereshit/Génesis 3:17-19], al hombre como consecuencia de la caída y el pecado el Altísimo le dijo: «Por cuanto le hiciste caso a tu mujer, y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. La tierra te producirá cardos y espinas, y comerás hierbas silvestres.  Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás.» De lo cual entendemos, sin intención de satanizar la noble labor que nos ha alimentado por mucho tiempo como es la del agricultor, que este oficio comenzó como consecuencia de la caída y el ETERNO se vio en la necesidad de regularlo para que no se convirtiera en una catástrofe que arrasara con toda clase de suelos sobre la faz de la tierra.

En el pasaje que cité al principio, hay tres palabras claves que se repiten en varias ocasiones, Sembrar (2232. זְרַע Zara: verbo), Podar (2168. זְמֹר Zamar: Verbo) y Cosechar (622. אָסַפְ asaph: Verbo).  Las tres están relacionadas con la agricultura. Y en mayor o menor medida según las prácticas agrícolas que se usen, estas tres labores implican un desgaste del suelo.  Si hemos dicho que el suelo es una interfaz viviente, pues también necesita descansar.  Necesita tiempo para permitir que la materia orgánica lo vuelva a cubrir, que se recuperen las bacterias, hongos, microflora, mesofauna, y macrofauna que en él habitan y que convierten toda esa materia orgánica en los nutrientes que las plantas necesitan.  Que los arados no disturben aunque sea por un año su dinámica natural, que haya más plantas, no solo la especie del cultivo y así con las secreciones radicales y el ciclaje de nutrientes por las hojas que caen, se estimule la biodiversidad, la mineralización y así la fertilidad del suelo (Guana, 2015).  Es ahí donde en un sentido biológico y aún agronómico se hace aún más evidente el cuidado que el ETERNO tiene por su creación incluido el suelo que la soporta, con establecimientos como el de la shemitá.

Cada vez que reviso la biología, y en este caso las ciencias ambientales y la agronomía a la luz de la Escritura, me pregunto ¿qué posición tendría Yeshúa (Jesús) frente a lo que estoy planteando? Y en esta ocasión me encontré con el siguiente pasaje: <<Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? ¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo.  No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos.  Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.  Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas >> [Mateo 6:25-34].

En este texto vuelven a resaltar las palabras sembrar y cosechar.  Pienso firmemente, que muchos de los problemas ambientales que se presentan hoy en día, no tiene que ver con el uso de la creación que el ETERNO hizo en gran manera buena, sino con el abuso.  Y que ese abuso, está arraigado a una mentalidad que se ha alejado del Altísimo.  Una mentalidad, egoísta de acaparar, de pensar en el inmediatismo y en el afán.  En la cual, se pierde la esperanza y llega el desenfreno por hacer todo inmediatamente en el instante antes que la vida terrenal acabe, porque no haya nada más después de la muerte.  En la que se pierde el sentido de la vida, pensando solo en el comer y el vestir y el aparentar, pero nos olvidamos del amar y del buscar ese reino maravilloso del Altísimo y su justicia.  Que tiene mucho que ver con cuidar del otro ser humano y del resto de la naturaleza.  Y a pesar de la esperanza que el ETERNO nos da a través de las palabras de su hijo, que él tiene el control de todo, también nos invita a salir de la zona de confort que viene con esa forma de ver banalmente el mundo.

Dejemos de decir cada vez que nos encontramos con pasajes como éstos, “es que ya esta sociedad no es agrícola y por eso no lo entiendo ni lo vivo”.  Reaccionemos, el petróleo y el concreto no se come, puede que no perdamos tierras por no ser campesinos, pero si no levantamos nuestra voz frente a los poderes mundiales que están acabando con el poco suelo que queda para cultivar o conservar, si no levantamos la voz por cambiar las prácticas de cultivo que agotan incesantemente nuestras tierras y apoyamos los modelos alternativos, donde está la revelación de los hijos de Di-s que espera ansiosa la creación según dice Rav Shaul (Pablo) en [Romanos 8:19].

Bibliografía

Guana, O. (2015). Colaboración oral. Creyente en Yeshúa: Ingeniero Agrónomo. Universidad Nacional.

Hillel, D. (1998). Environmental soil physics. San Diego: Academic Press.

León, T. (2007). Medio Ambiente, Tecnología y Modelos de Agricultura en Colombia Hombre y Arcilla. Bogotá: IDEAS Universidad Nacional de Colombia.

Singer, A. (2007). The Soils of Israel. Rehovot, Israel: Springer.

***


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Soy Bióloga de la Universidad Nacional de Colombia y creyente en el Mesías Yeshúa desde la cuna. En la actualidad estoy cursando una maestría en Medio Ambiente y Desarrollo también en la Universidad Nacional. El estudio de la Creación del Altísimo ha sido mi pasión, y me deleito en ampliar mi comprensión del texto bíblico desde el conocimiento de las Ciencias Ambientales.

2 Comments

  1. gracias por hacernos caer en cuenta la necesidad de tomar conciencia por el suelo que no es actual sino que es el futuro de nuestras generaciones

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